En la primera escena vemos a un soldado argentino combatiendo en Malvinas. La escena no es necesariamente explicita, no se aprecian disparos en todas direcciones, cuerpos en el piso revolcándose en la sangre y el dolor. Tampoco miembros mutilados.
En la siguiente escena, nuestro protagonista esta solo. Cae la noche y los horrorosos ruidos bélicos son solamente un eco. Solo en su cabeza. Tiene tiempo para reflexionar sobre toda esta cosa de valientes. Una gesta patriótica sin igual. Piensa que es un privilegio tener la posibilidad de dar la vida por su Patria. Por su amada Republica Argentina.
Entonces….el silencio.
Ese silencio ensordecedor, casi acusador. La conciencia.
¿Soy realmente un privilegiado? No. No lo soy. Privilegiado fue “el tucu”…
El tucu camina a su lado, están haciendo un reconocimiento del terreno. Súbitamente pierde un brazo. No sabe ni por que. Antes de caer desplomado atraviesan su pecho dos disparos letales. El enemigo es preciso. El tucu se retuerce en el suelo, grita horrorosamente. Podría nadar en su sangre. Claro, si tuviera brazos...
Angustia. Acceso de llanto, que por supuesto no tiene lugar en el tiempo de llegar a ser llanto. Miedo. Mucho miedo. Ira. Por ultimo la tan esperada ira se hace presente. Puede sentirla subir por su espina dorsal. Se descarga apretando el gatillo contra su enemigo. Ese enemigo invisible que vino desde muy lejos para robarle su tierra. Para ultrajar a su Patria. Aquellos pibes, piensa ahora, que solo difieren de él en su manera de hablar. En el idioma y tal vez en las costumbres. ¿Cuántos “tucus” habrán caído del otro lado? Cuántas vidas se apagan en un instante haciendo que la nuestra carezca de sentido alguno. Que inútil es todo esto. Acá no existe la compasión. Dios esta durmiendo la siesta.
No quiere que sus pensamientos caigan en lo obvio, solo aprovechar ese momento de calma. Divina calma. En unas pocas horas volverán a enfrentarse, y en el campo de batalla la vida propia es causa suficiente para tirar del gatillo. De chico solía creer que era absolutamente incapaz de asesinar a una persona. Pero es la vida misma la que se encarga de ponernos en determinadas situaciones en las nunca contemplamos estar y, es entonces, cuándo nuestro verdadero “yo” muestra los dientes.
Inmerso en una realidad tan absurda, el único cable a tierra que tenía era, por supuesto, el ego. Cuando lograba distraerse lo suficiente y, casi sin darse cuenta, soñaba con el regreso a la patria pensaba: “Somos los nuevos próceres de la nación, todo el país va a salir a las calles a recibir a sus nuevos héroes...”